jueves, 26 de diciembre de 2013

Mi espalda emocional


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Todos estamos acostumbrados a escuchar frases como «me va a salir una úlcera de tantas preocupaciones», «como no me relaje me va a dar un ataque al corazón», o bien «me vas a matar de un disgusto»; pero a la hora de la verdad, para solucionar un problema físico, se nos olvida por completo el plano emocional.
Desde que tengo uso de razón adulta, recuerdo no entender qué sentido tenía que hubiera un azar «malvado» que determinara las enfermedades. No le encontraba lógica a que la naturaleza «se volviera loca» e hiciera cosas «malas» por el simple motivo de fastidiar. Esa forma de pensar es la que me ha llevado a leer y estudiar todo aquello que relacionara al cuerpo físico con el cuerpo emocional.
Las medicinas más antiguas tienen en común el unir las emociones a las enfermedades físicas y, si nos paramos a pensar un momento, tiene mucho más sentido esto que la idea de que nuestro cuerpo y nuestra mente están separados (o que nuestro bienestar depende de la suerte).
El ser humano es un todo conectado y cuando algo se desestabiliza, pueden verse afectadas partes que, a priori, no parecen tener relación alguna. El inconsciente funciona de forma muy distinta a lo que el consciente nos tiene acostumbrados y por eso, la mayoría de las veces no entendemos lo que pasa.
El inconsciente responde con soluciones de urgencia ante aquellos conflictos que no somos capaces de solucionar. Yo siempre digo en consulta a mis clientes que el problema con el que acuden es la solución del conflicto original. Y ¿esto qué significa? Significa que nuestro cuerpo siempre trabaja a nuestro favor, aunque a veces nos parezca lo contrario.
Cuando uno va al psicólogo, no lo suele hacer porque le duela la espalda o tenga una enfermedad; lo hace porque tiene el estado de ánimo alterado de alguna forma o hay cosas en su vida que quiere cambiar, aunque siempre va unido a algún dolor físico identificado y, en muchas ocasiones, asumido como «normal». Así pues, tras el trabajo emocional basado en el conflicto que presenta el cliente, aparece un efecto secundario: el dolor que tenía en la espalda, ha desaparecido sin saber por qué ni haberlo si quiera mencionado. Esto ocurre en numerosas ocasiones y, por ello, en mi práctica clínica trabajo junto a otros profesionales colaborando para que la sanación del cliente sea completa: mente y cuerpo. Tanto ellos como yo, cuando lo consideramos necesario, nos derivamos clientes para que el trabajo sea más profundo y completo. Estos profesionales son terapeutas manuales.
Por ellos sé también que uno de los problemas a los que se enfrentan en muchas ocasiones es que la lesión o dolencia vuelve «sin más», pese a que el cliente sigue las pautas indicadas por el profesional. Esto, según mi experiencia, es debido a que hay un conflicto emocional no resuelto que hace que ese dolor sea todavía necesario.
El inconsciente, como decía antes, funciona de una forma curiosa. El consciente es lineal, racional, lógico, trabaja con aquello que sabe que conoce y con lo que ve o supone, con lo palpable, las cosas de las que se da cuenta. Pero el inconsciente es como un mapa en 3D con un registro total de todas las vivencias y pensamientos, específicamente de los que no somos conscientes. El inconsciente no juzga si algo está bien o mal, sólo actúa para solucionar aquello que nosotros le hemos dicho que es un conflicto. Y se lo decimos mediante improntas, mediante sensaciones físicas, med¬iante algo que nos pilla desprevenidos, para lo que no encontramos una solución satisfactoria y que no hacemos o decimos las cosas que nos habría gustado hacer o decir. Todo aquello que, cuando ocurre, nos produce un dolor en el estómago, una presión en el pecho, un nudo en la garganta o cualquier otra sensación, nos indica que hay algo que solucionar. Y si no lo solucionamos, nuestro inconsciente se pone manos a la obra para darnos una solución de urgencia y hacérnoslo consciente para que nos demos cuenta de que hay un conflicto.
Los conflictos surgen porque no aceptamos parte de nuestra realidad y queremos, deseamos, que sea distinta, pero creemos o sentimos que no la podemos cambiar. Es ese desequilibrio, esa incoherencia, la que hace que el inconsciente tome las riendas. Es como una llamada de auxilio que lanzamos sin darnos cuenta.
El ser humano puede tener conflictos reales o simbólicos. De la misma forma que nos sentimos mal tanto si nos pasa algo como si imaginamos que nos pasa ese algo. Esto demuestra que no es necesario vivir una experiencia para que nuestro cuerpo reaccione ante ello, con imaginarlo o soñarlo es suficiente. Con esto intento explicar que, para el inconsciente, da lo mismo que me indigeste con una comida o con una discusión, porque la respuesta que va a ofrecer será la misma. Y la parte del cuerpo en la que tengamos el dolor o enfermedad estará relacionada con el conflicto no resuelto. Así pues, buscaremos la función del tejido afectado para acercarnos a encontrar el conflicto que originó la respuesta física. Como en este artículo voy a hablar de la espalda, me centraré en sus componentes.
Los músculos, por ejemplo, tienen unas funciones básicas: el movimiento, la fuerza y la resistencia. Por ello es importante ver la acción que se ve impedida a la hora de buscar el origen emocional del conflicto. Hemos de recuperar esa capacidad de observar las cosas más simples y preguntarnos ¿para qué me sirve este gesto? ¿Qué me impide hacer?
La espalda es un mapa emocional de nuestras relaciones con el exterior. Así pues las vértebras cervicales y el cuello, esconden conflictos relacionados con mi comunicación con el exterior y conmigo mismo, todo lo que quiero decir y no digo, o bien aquello que no entiendo de la persona con la que me comunico. De la C3 a la C7 (especialmente en la C7), mi conflicto de comunicación estará vivido en un contexto de injusticia. Cuando tengo problemas con estas vértebras, estoy viviendo una incoherencia, mi cabeza y mi cuerpo no van en la misma dirección, lo que pienso y lo que hago no son lo mismo.
Las dorsales, en la mitad alta de la espalda, nos hablan de nuestra responsabilidad como adultos en nuestra familia y entorno. Cómo gestionamos nuestras obligaciones y la carga que llevamos dentro de nuestro círculo más cercano (familia, trabajo, etc.). Cuando me siento fuera de mi territorio, de mi clan, si me siento rechazado o apartado, con la sensación de que no encajo, la D5 será, probablemente, la vértebra afectada. La D9, relacionada con las glándulas suprarrenales, tiene que ver con el miedo a decidir por la posibilidad de equivocarme. Y, en su caso, la D11 muestra que hay algo que necesito eliminar, desechos simbólicos, siempre en relación al conflicto genérico de la zona, en este caso las dorsales: mi responsabilidad como adulto en mi familia y entorno.
Las lumbares, la espalda baja, habla de mis relaciones sociales con mis colaterales, es decir, con los que me relaciono en horizontal, como iguales. Así pues, la L2 tiene relación con mis reservas, tanto reales como simbólicas; las reales son posesiones y las simbólicas, por ejemplo, afecto. Si pensáramos en la L4 lo haríamos relacionándola con las normas establecidas dentro de nuestro entorno, en un contexto de desvalorización por no querer o no poder cumplirlas. Me diría algo como «siento que no encajo dentro de esa norma, pero quiero hacerlo».
El sacro pone de manifiesto un conflicto sobre algo que considero sagrado para mí, además de conflictos en los que me siento desvalorizado en un tema de sexualidad.
Por último, el cóccix representa mi identidad y el lugar que ocupo en mi mundo, en mi clan. Si no sé qué lugar ocupo, si no sé cuál es mi función o «para qué sirvo» dentro de mi familia, esta será la zona del cuerpo que probablemente «hable».
Este repaso general sobre las vértebras busca que tomemos consciencia de que lo que mi cuerpo muestra físicamente es una respuesta, una solución a algo que no he sabido gestionar adecuadamente. Lo que me lleva al último punto, que es la forma de encontrar y solucionar esos conflictos.
Los dolores de espalda (sin entrar en patologías originadas por lesiones de esfuerzo o accidentes) ven la luz de forma casi automática a la vivencia del conflicto. Esto significa que para localizar aquello que nos pilló desprevenidos, lo que no supimos cómo gestionar, que no le contamos a nadie y donde no dijimos todo aquello que queríamos decir (por ser políticamente incorrecto), hemos de echar la vista atrás, pero no demasiado.
Si a medio día me aparece un dolor en el cuello «sin motivo aparente», veré qué me ha ocurrido o qué estaba pensando en el momento justo anterior. Hacer consciente ese procesamiento que hicimos de forma inconsciente y si fuera posible, verbalizarlo, hará que en muchas ocasiones el conflicto se solucione y el dolor se vaya. Uniéndolo además a un trabajo hecho por un terapeuta manual, se logran esos resultados duraderos o definitivos que todos los profesionales de la salud buscamos para nuestros clientes.
El inconsciente funciona de forma muy específica, y en una misma lesión puede haber afectados distintos tejidos: músculos, nervios, tendones, etc. Ahí habría que observar dónde se encuentra el origen de dicha lesión para comenzar a buscar el conflicto adecuado; por ejemplo, el sistema nervioso estaría relacionado con miedos futuros.
Tener a mano un libro de fisiología para saber la función de la parte del cuerpo afectada, es una herramienta muy útil que podemos utilizar en nuestra consulta. Esto nos guiará a la hora de localizar el conflicto, porque sabremos las palabras claves sobre las que guiar la búsqueda y el recuerdo.
Esta nueva forma de pensar en los problemas físicos nos devuelve el poder y nos ayuda a ser coherentes. Por ello, recuerda siempre que lo que para ti hoy es un problema, en realidad es la solución al conflicto original.
María Martínez Díez
Psicóloga & Mental Trainer
www.laplumairisada.es

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